Adoro la música. Y quién no. Parece ser el auténtico lenguaje del alma. Es ciencia y es arte. Es misterio también. Esto muy bien lo supo Orfeo y todos los poetas que sentimos el ritmo del universo o de lo sagrado o de X en nuestro interior. Adoro la música. No de una manera académica, formativa, prescriptiva. Sino intuitiva, sensitiva, en las entrañas, como dijera María Zambrano. Tengo una pequeña colección en casa. Instrumentos de otras culturas. Algunos de función chamanica. Y sus formas. Las formas de los instrumentos musicales... el material con que están diseñados, su originalidad, su manera de hablarme incluso cuando no están siendo tocados. Entras al Museo de la Música y parece que son personajes, te miran, te hablan, te sonríen. Y yo, con ellos. Es la magia del ser humano. La creación más pura del arte, el lenguaje divino. Cuando escucho una canción, una melodía, una "pieza", la siento como la banda sonora de algún episodio de mi vida. Compongo collages al ritmo de la música. Hay canciones que inspiran collages y collages que encuentran su canción. Todo encaja. No sabemos por qué, pero encaja. El puzzle perfecto. El jeroglífico sin palabras detrás. Es escuchar. Sentir. Sí, se trata de eso. Es eso: sentir. Sentir. Sentirlo todo. Y sentirlo bien.
Barcelona.
Enero de 2026.
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