Catedral de Milán
Cuando me casé, nuestro viaje de novios por toda Italia comenzó en Milán, en noviembre, concretamente, el 1 del 11 (no había caído en este número mágico hasta hace poco). Lo cierto es que los números mágicos nos persiguieron también en esta ocasión, desde el aeropuerto hasta la habitación del bonito hotel Milan Ambasciatori: 22...222.El poder regresar a esta gran ciudad italiana no solo trajo recuerdos del pasado. Creó la magia de nuevos y recientes recuerdos bajo el sol de verano. Si algo me gusta de las catedrales es posar mi mano sobre la piedra monumental, es como sentir el poder y el buen gusto del gótico italiano. Se conecta con sus grandes arquitectos y creadores. Y entrar en su solemnidad, sentir la paz y la calma de la tenue luz por las vidrieras. Vestida de blanco, casi entré como una novia. Sus terrazas te elevan, sintiendo la inmensidad de sus grandes constructores. Y en sus profundidades, aguardan los restos de un pasado que, pese al devenir del tiempo, mantiene lo más hermoso y solemne de lo que retuvo siempre. Es necesario amar las catedrales y amar en las catedrales. Solo así una visita deja de ser en una instantánea fotográfica de pura pose, o en un vulgar despliegue de saberes que se fingen -pero no se atesoran-, o en un alarde ficticio por parecer tener una cultura que ni se tiene ni se siente.