
El despertar alquímico de Ofelia
La genialidad de Edward de Vere, Conde de Oxford (el auténtico autor tras las obras de William Shakespeare), se evidencia en la creación de un arquetipo universal que trascendió las fronteras del universo literario.
Ofelia no es únicamente una trágica doncella, como tampoco un símbolo del suicidio femenino como componente romántico, ni mucho menos un topos literario y artístico de obligada visita. Es más que un mito: es arquetipo.
Y para acceder a ella, nunca será suficiente someterla a análisis tras cientos de lecturas, ni observar cientos de cuadros.
Es necesario encarnarla, vivirla, sentirla dentro de ti, siendo ella.
Porque Ofelia, y así quise plasmarlo en mi collage, es el arquetipo más bello y pleno de la literatura universal del ensimismamiento interior, del Solve et Coagula alquímico. El morir para renacer.
Siendo otra. Siendo nueva. Siendo tú misma tu Opus Magna.

"Donde encontréis un sauce que crece a orillas de ese arroyo, remitiendo en las ondas cristalinas la imagen de hojas pálidas. Allí se encaminó coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores púrpureas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera y que las modestas doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fue, se quitó la guirnalda y, queriendo subir por los encaramados árboles, se troncha una rama envidiosa y caen al agua fatal ella y todos sus adornos silvestres. Las ropas huecas y extendidas la condujeron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y mientras iba cantando tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia o como si hubiera nacido de aquel elemento. Pero no era posible que durase así por mucho tiempo... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la fueron hundiendo,interrumpiendo su dulcísimo canto, y la muerte se la llevó."
EDWARD DE VERE. Hamlet. Acto IV, escena XXIV.

OFELIA
Cristina Hernández González
La Maga Hego

MI OFELIA
Para mi Ofelia, tomé la figura femenina de laAriadne in Naxos deEvelyn De Morgan. Quise así fundir dos arquetipos femeninos que representan el "en-sí-misma-miento", la instrospeccion profunda por el laberinto interior, la búsqueda de uno misma no a través de los otros, sino a través del propio Self, bien a través de la inmersión oceánica del yo, bien recorriendo las galerías laberínticas de nuestro interior. Además, las vestimentas de la Ariadna de Evelyn De Morgan reflejan los cromatismos del proceso alquímico -rojo, negro, dorado-, así como sugiere la espiral de Fibonacci con su propio cuerpo.
Alejándome de las interpretaciones manidas y estereotipadas de la mujer frágil o la "damsel in distress" o de la "sleeping beauty", tan frecuentes en el siglo XIX y que perpetuaban el sexismo hasta el paroxismo, mi Ofelia es completamente ajena, muy alejada, de la espera de un rescatador. Ella está despierta, muy consciente, preparada y dispuesta, para ese viaje por las aguas cósmicas del yo.
Y para todo esto, me basè en mis estudios anteriores sobre Ofelia, mis propios poemas sobre ella, en mi tesis doctoral sobre Evelyn De Morgan y los Prerrafaelitas y Simbolistas, en talleres didácticos impartidos hace años, que se adjuntan en la bibliografía del final, y, sobre todo, en mi propia experiencia personal al haber encarnado este arquetipo numerosas veces.

La sugerencia de la forma en arco de la bóveda nocturna es un guiño a la disposición de la célebre Ophelia de John Everett Millais, pero con una diferencia sustancial: mi Ofelia está sentada en la orilla (símbolo de los márgenes, el umbral, los límites), en lugar de aparecer a punto de ser devorada por las aguas. El entorno vegetal (la Madre Natura) la protege y enmarca. Cada piedra y cada planta o flor son intencionados, cumplen una función simbólica. Son ánimas con las que Ofelia, como dríade o ninfa entra en comunión y diálogo. Como los ingredientes del alquimista en su atanor, mi Ofelia dispone de todos los elementos para iniciar el viaje alquímico del alma. Es una Ofelia que fluye. Fluye por las tres regiones del mundo (cielo, tierra, aguas) y por dos elementos principales, el agua y el aire, las emociones y los pensamientos, los sentimientos y las palabras. Y viene simbolizado con las tenues luces de una aurora boreal. Porque esta Ofelia, mi Ofelia, comprende los secretos de la luminiscencia del cielo nocturno (la luz que vibra siempre en la oscuridad, a pesar de la insistencia de la oscuridad). En el nigredo siempre hay luz. Siempre dejamos nuestra luz tras la extinción. De ahí las luciérnagas, lámparas mínimas que fluyen igual que las ondas de las aguas. Estrellas parpadeantes en la tierra. Y porque, haciendo honor a mi primera Ofelia, en mi poemario El Sonajero del Chamán (2012), mi Ofelia era lapona, una Ofelia (el alma y su lenguaje) en la tundra. Islandia viene siendo para mí un símbolo desde mis años universitarios en Granada. Un país de puro frío donde, no obstante, hay géiseres. El país de la cantante Björk que tanto musicalizó muchos episodios de mi vida.

El viaje está dispuesto. Ofelia se observa en su reflejo. Aquí la iconografía de Narciso es clave pero porque la invierto. A diferencia de Narciso, mi Ofelia no se ensimisma con su aspecto, con la superficie, con un yo fragmentado o incompleto. Mi Ofelia observa más allá de sí misma, pero a través de sí misma: observa el fondo oscuro de las aguas profundas; observa la inconmensurabilidad del firmamento; observa los matices de verdes de cada hoja y cada tallo; observa el tintineo confuso de luciérnagas y estrellas, que palpitan al unísono de su respiración tranquila y rítmica; observa cada pétalo, el rocío regando cada flor; observa el viento abrazando a las plantas lacustres; observa el silbeo oneroso de los juncos; observa que, en verdad, agua y cielo son lo mismo, que esencia y presencia son lo mismo, que el todo está en el todo. Ofelia comprende que forma parte de una misma conciencia, con estrellas, luciérnagas, flores, enredaderas, piedras, agua, cielo. Ofelia comprende que nada debe temer. Que Ella está en ese Todo, que es el todo también, que se está sin estar. Que se sigue siendo, a pesar de todo. Narciso, en cambio, jamás comprenderá porque no observa más allá.

Así, en el crisol que es este mundo, Ofelia se entrega al Solve et Coagula. Se entrega al Universo, a la Naturaleza, a la Conciencia, a su Yo, al Todo. Y tras el viaje alquímico, tras su verdadero despertar, sublimada al fin su noche oscura del alma, Ofelia renace bajo las formas intangibles, en los recovecos de lo invisible, en los discursos ilegibles, dejando en este mundo lo que los otros solo alcanzan a ver: el espejo, el reflejo, la superficie. Porque son incapaces de ver más allá, más profundo, más intenso, más verdadero, miedosos de quedar ciegos ante tantísima luz, temerosos de recorrer el mismo trayecto que Ariadna, Ofelia y La Maga Hego.

EL DESPERTAR ALQUÍMICO DE OFELIA
